Sueños de Almohada: ¿Cómo puedo ayudarte?

Posted by on jueves, 14 de agosto de 2014

La vida es un constante hacer, y una fuerza nos mantiene en ese tren de ida y vuelta. A veces, partimos de un lugar extrañando los amigos, las personas, la familia y todos esos momentos importantes. A veces, se presentan oportunidades maravillosas que cambian por completo tu forma de vivirla.

Hoy, los invito a conocer un mundo lleno de historias fascinantes y marcadas por esa necesidad de comenzar de nuevo. Acompáñenme a descubrir a través de las letras aquellas historias que esconden algunos venezolanos. Soy Giulio Mottola, y esto es Sueños de almohada... 

Es miércoles por la mañana, y quise descubrir un poco cómo es la vida real en Venezuela, un país que se ha destacado por las bondades naturales, el sistema político, los concursos de belleza y las novelas. Sin embargo, la realidad es otra. Actualmente, existe un gran número de venezolanos que tienen las oportunidades cerradas. Se trata de una población que trabaja dignamente para poder comer y dormir tranquilamente, y quizá, en un futuro lograr una mejor calidad de vida. Muchos de ustedes los conocen, otros los tienen de amigos, y unos pocos se preguntan lo mismo que yo: ¿Cómo puedo ayudarte?

¿Por qué a mí? 


Comencemos con cuatro interrogantes: ¿Por qué algunos venezolanos deben abandonar sus estudios para poder trabajar? ¿Les afectará el hecho de vivir en una ciudad costosa? ¿La familia no los ayuda? ¿O será que la situación política del país no deja que ningún venezolano emprendedor pueda prosperar?   


En mi recorrido, conocí a Diego Pineda, un joven de 25 años que dejó sus estudios universitarios para dedicarse a trabajar. Actualmente, se encuentra residenciado en Lechería, edo. Anzoátegui, y su única fuente de ingreso la consigue vendiendo empanadas. Diego, llegó a esta ciudad cuando tenía 16 años en busca de una mejor vida. Su infancia la vivió en Marigüitar, un pueblo ubicado en el estado Sucre, a solo unas horas de su actual residencia. Sus padres no querían que partiera tan lejos, pero sus deseos de estudiar Ingeniería Industrial eran más fuertes. 

Sé que ingresaste a estudiar por tu buen promedio en la Universidad de Oriente, ¿qué pasó en ese tiempo?

– Llegué a la universidad lleno de sueños, creo que como todos. Tenía el promedio justico para estudiar en la UDO. Mi papá quería que estudiara Ingeniería Mecánica, pero un amigo de mi mamá le recomendó que Ingeniería Industrial era mejor. A mí me gustó la idea, y como notaba que ganaba mucha plata pensé que también pasaría lo mismo conmigo. Cuando viajamos a Puerto La Cruz para conseguir una residencia, se nos hizo difícil dar con una económica. Fueron dos semanas de búsqueda hasta que dos días antes de irnos habíamos encontrado una habitación muy barata. Durante ese tiempo, nos quedábamos en la casa de Moncho, el amigo de mi mamá. Recuerdo que, el último día, fue el más triste de mi vida. Porque ellos tenían que irse, yo tenía que quedarme porque no teníamos mucha plata. 

¿Te costó adaptarte a tu nuevo hogar?

– Sí, mucho. Llegaba tarde a las clases porque tenía que esperar que desocuparan el baño. En las noches, no podía dormir bien por el calor. A veces, sentía que incomodaba a mi compañero de cuarto. Si apagaba la luz, la tenía que encender. Son muchas cosas... Pero, después de un tiempo él se mudó y su cama quedó vacía por tres semanas. Yo era feliz en ese momento, porque llevaba la comida a la habitación. Mi mamá cuando hacía mercado para la casa me llamaba contenta. Me mandaba una cajita de comida, no era mucho, pero para mí significaba todo. Ellos trabajaban duro para que yo pudiera pagar mis gastos. 

Yo era demasiado inmaduro e inocente. Bueno, un chamo de pueblo que no sabía lo que era un establecimiento de comida rápida, tampoco sabía que era un cine y muchas otras cosas más. 

En la universidad hice buenos amigos, pero llegó un momento donde no podía continuar. Pagaba Bs 180 una habitación compartida con otra persona y mi papá sólo podía mandarme Bs 250 mensual. Era muy poco, pero el viejo hacía lo que podía. Nunca se gradúo, mi mamá nunca estudió y la salvación de la familia era yo. Entonces, decidí colaborar por mí, y por ellos.

¡Salir adelante! Cuéntame de este trabajo, ¿cómo surgió?

– Después que dejé la universidad, necesitaba dinero para poder visitar a mi familia. Me hice amigo de una señora del comedor, y fue ella quien me enseñó a cocinar. Ya tengo dos años vendiendo empanadas, y me va bien. Lo malo es que tengo que despertarme a las 4:00 am para poder preparar todo y a las 6:00 am salir a vender. 

¿Es difícil vivir en una ciudad relativamente costosa? 

– Bastante, aún no sé cómo he sobrevivido. Antes vivía en Puerto La Cruz, pero conseguí un cuartico cómodo en Lechería. No tiene aire, tampoco cocina. Pero ahí estoy... Me ha afectado mucho, y más con la reciente inflación. Yo trabajo todos los días, desde muy temprano y el año pasado tuve que reducir el costo de la empanada. Antes la vendía en Bs 15, ahora cuesta Bs 30. Eso ha hecho que pierda clientes, porque no comprenden lo que uno debe hacer para conseguir material y todo lo que se invierte.

¿Y cómo haces?


– Bueno, un amigo trabaja en un supermercado y él es mi cliente fijo. Entonces, cuando llega la harina, el aceite y otros productos me los compra. Tuve suerte, porque con mi rutina no tengo tiempo para buscar y hacer colas. Honestamente, así no podemos seguir. A veces, las personas llegan a mi kiosko molestos y por más que uno les sonría no van a sentirse mejor. Llegamos a un punto donde ya nada es tolerable. Todo perturba y los valores ya no funcionan. 



¿Estás queriendo decir que la culpa la tienen los que gobiernan el país? 

Toda. Observa cómo trabajo y todo lo que tengo que hacer para producir 80 empanadas diarias... No es fácil, ellos se han encargado de cerrarle las oportunidades a chamos como yo. Pero bueno, cuento con mis amigos. 

¿Esa cifra de empanadas es una medida cercana a la producción o todos los días produces las 80?  

Antes producía entre 200 a 230 empanadas, después que empezaron a escasear los productos reduje los costos y me propuse como meta hacer 80 diarias. La masa me da exacta. Pero son pocas las veces que hago esa cantidad o más. Porque hay días en las que sobran y otros que sólo debo hacer 50 porque la gente no viene a comer.


Es decir, ¿que antes tu fuente de ingreso era mucho mejor que la de ahora?

Sí. Vendía bastante y tenía clientes fijos que compraban hasta 10 empanadas. Ahora, no frecuentan mucho. Me afectó el bolsillo y a ellos también.


Momentos Pasajeros

Tengo curiosidad por saber: ¿En qué parte de tu residencia cocinabas? ¿Y cómo hacías para visitar a tu familia cuando estudiabas?



– Por suerte, no tenía ropa que se dañara por los olores. Cocino en mi habitación, reuní para comprarme una cocinita eléctrica. Ese es mi espacio, nadie ha entrado. Me da mucha pena. Y bueno, como ahorraba de los Bs 250 que mi papá me enviaba podía viajar. A veces, cada tres semanas, eran fines de semana. A pesar de que el pasaje era muy barato en ese tiempo, yo no podía pagarlo. Cuando viajaba era feliz. Porque allá lavaba, comía y dormía bien. Lo que no me gustaba era partir.


¿Y tus padres siguen allá?

– No, hace dos años tuvieron un accidente… 

¡Ay, Diego! Lo siento mucho. Las cosas pasan por alguna razón. 

– Sí, ellos me decían eso. Me hacen mucha falta, pero bueno (…) A veces, no entiendo por qué uno tiene que pasar por estas cosas. Ellos venían a visitarme y traerme comida (...) Ellos eran buenos... Lo siento.


[Silencio de cinco minutos]

Me sentía un poco triste, porque no es fácil ver como una persona hace maravillas para salir adelante. Quería continuar con la entrevista, pero él habló...



Minutos Incómodos 


– Sabes, sólo tengo unos tíos. Están ahorita en Maracaibo. Tengo cinco años que no los veo. Pero, sé que algún día podré ir a visitarlos. 



No te preocupes; es más chico, me encantan las empanadas que haces de pollo. Tienen un sabor particular, y los jugos son mamma mía. (Momento de risas)

Les confieso que sentí un alivio en el momento. Se me ocurrió decirle eso, y comenzó a reír. Como deseaba continuar hablando, me quedé toda la mañana con él. (Aprendí a hacer empanadas con bolsitas) Les recomiendo por su bien, lavarse las manos. Ante todo, debemos ser higiénicos. Eso me enseñó Diego.


Sueños

¿Has pensado volver a la universidad?


– Sí, me gustaría pero no ahorita. Yo vendo todas mis empanadas, pero con ese dinero pago la habitación, hago mercado y compro lo necesario para mi negocio. No me alcanza para cubrir los gastos de la universidad. Además, esa carrera no era para mí. Si supieras que me gusta lo que tú haces. Pero, aquí sólo se puede estudiar en una privada. 


Vaya, los cambios que da la vida. ¡Qué bueno! Eso me alegra. Tranquilo, en algún momento la situación mejorará… Confía. 


– Sí, algún día pasará y podré estudiar periodismo. Creo que siempre me había gustado. El error que cometemos muchos jóvenes es estudiar una carrera que no nos gusta y lo hacemos por el dinero. 



En realidad todas las carreras ofrecen la oportunidad de ganar bien. El ingrediente es uno. En tu caso, puedes hacer y ser lo que tú quieras. Pero tienes que hacerlo con amor y eso te traerá resultados positivos. ¿Y ya tuviste la oportunidad de conocer el cine?



– ¡Jajaja! Sí, fue una experiencia más para mi vida. Si en mi pueblo teníamos un televisor viejo en blanco y negro. Imagínate, quedé maravillado con una pantalla gigante a color y mucha gente disfrutando su película. Así como eso, también conocí las demás cosas. 



Cerrando los ojos

Fíjate, todo llega a su momento. Diego, no me gustaría quitarte más tiempo. Me gustó muchísimo conversar y conocer un poco de ti. Antes era cliente fijo, ahora ya sabes que vendré cuando la plata a mí también me lo permita. 

– ¡Gracias Giulio! No, ya tú eres mi amigo. Ven cuando quieras, que comerás gratis. 


Por favor, qué honor. Vendré, pero con más personas. Lástima que ninguno de los dos tiene una cámara, pero no importa. Esta entrevista no necesita imágenes. Quiero que dejes un mensaje en este blog para todos aquellos jóvenes que como tú están saliendo adelante.



– Por supuesto, lo importante es que trabajen para poder dormir bien. Colaboren con uno en la calle, y comprendan que este es un trabajo digno. No me avergüenzo. Hagan lo que hagan, lo mejor es que estás aportando algo para que las personas que acuden a ti se lleven una sonrisa al trabajo y al hogar. 



A través de esta historia quiero estimular a aquellos que se encuentran en situaciones similares. Diego me mostró una manera de no desfallecer en el intento para conseguir que mejore su calidad de vida. Todos podemos ser mejores ciudadanos, más conscientes y con ganas de –comernos el mundo-. Todos vivimos a diario experiencias hermosas, y por las noches, anhelamos volverlas a vivir. Porque son historias importantes que siempre se convierten en tus sueños de almohada.



¡Desabrochen sus cinturones, porque para este viaje sólo necesitan escuchar el corazón!


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